Me pregunto si habrá, en algún punto de la historia universal, un momento en el cual el ser humano haya dejado de vanagloriarse de su evolución, de su historia, dejado de admirarse por lo supuestamente logrado por sus predecesores, evitado su continuo elevamiento en una escala de valores diseñada por él mismo (¡qué cómodo!), suspendido la utilización de su “evolucionado” cerebro o siquiera dado lugar a una tregua intelectual en aras de darle un respiro al entorno ó, si de plano, todos estos “atributos” mentales vienen ya de manera ineludible dentro de un paquete de información dentro de algún hemisferio cerebral que nos fuerce a sentir admiración por los “logros” de nuestra monstruosidad (nunca el término mejor aplicado).

De alguna manera u otra, todas las personas que conozco incluido yo, caemos en algo humano que compra (capta) nuestra atención y provoca que se desarrollen uno o varios fenómenos enfermizos: consumismo, admiración, identificación, o en una palabra enajenación. Más propensos a ello estamos los individuos sensibles a las artes que toda la vida nos pasamos categorizando, eligiendo y disfrutando. Dentro de todas estas patologías (permítome agrandar el término para abarcar todos estos comportamientos) bien pueden estar inmersas demasiadas que se consideran comportamientos normales dentro del sistema social: buscar pareja, admirar lo hecho por otros, (en muchos casos ante nuestra incapacidad de hacer lo propio), celebrar fechas impuestas, utilizar frases hechas como valores inescrutables, ejercer un tal “licerebro o siquiera dado lugar a una tregua intelectual en aras de darle un respiro al entorno ó, si de plano, todos estos “atributos” mentales vienen ya de manera ineludible dentro de un paquete de información dentro de algún hemisferio cerebral que nos fuerce a sentir admiración por los “logros” de nuestra monstruosidad (nunca el término mejor aplicado).

De alguna manera u otra, todas las personas que conozco incluido yo, caemos en algo humano que compra (capta) nuestra atención y provoca que se desarrollen uno o varios fenómenos enfermizos: consumismo, admiración, identificación, o en una palabra enajenación. Más propensos a ello estamos los individuos sensibles a las artes que toda la vida nos pasamos categorizando, eligiendo y disfrutando.

Dentro de todas estas patologías (permítome agrandar el término para abarcar todos estos comportamientos) bien pueden estar inmersas demasiadas que se consideran comportamientos normales dentro del sistema social: buscar pareja, admirar lo hecho por otros, (en muchos casos ante nuestra incapacidad de hacer lo propio), celebrar fechas impuestas, utilizar frases hechas como valores inescrutables, ejercer un tal “libre albedrío”, ser patriota, nacionalista ó chauvinista, querer destacar o siquiera pertenecer a un grupo social para identificarse con alguien y compartir nuestras insignificancias, admirar arte, dar importancia a la vida humana por sobre otras formas de vida, ser altruista, reproducirse, consumir el pan y circo de los deportes, asuntos políticos, religiosos, etc.

El mundo está enfermo y nosotros al ejercer alguna de estas actividades contribuimos a acentuarle el problema ratificando nuestra nula capacidad analítica profunda e inclinación por nuestra condición natural de virus invasores y próximos agentes destructores del planeta (lo cual no supone ningún problema en realidad). Sólo la búsqueda del placer en lo efímero, a fin de cuentas, ¿Qué mas tenemos, pobres engendros?

 En lo personal, mis patologías humanas incluyen gusto por la NFL, la música de rock (nefastamente academizada en nuestros días), la fascinación por diversas culturas y países, y algo de lo más monstruoso: el aprendizaje de más lenguajes ¡como si no me fuera suficiente con el castellano que me fue inoculado sin poder defenderme! Ah bueno, y también algo potencialmente peligroso: la ineludible búsqueda de relacionarme con seres humanos del sexo opuesto, de las cuales soy admirador desde niño ¡qué original!

La vida me ha mostrado el planeta en diversas ocasiones, una de ellas, en la lejanía con el fin del mundo frente a mí en medio de un clima gélido y el canto de las gaviotas a las tres de la mañana cubierto de neblina bajo el sol de medianoche, me dí cuenta qué tan atrapados vivimos todos y cada uno de nosotros dentro de nosotros mismos, incapaces de liberarnos del lenguaje humano, girando siempre en torno a él, nunca siquiera cuestionándolo; dándonos suma importancia diaria, planeando, ambicionando, conviviendo, expresando, necesitando, exigiendo, demostrando… lo descubrí allí en un momento de iluminación natural, sentí mis vellos erizados y me quedé en un profundo silencio mental. Al poco me deshice de mi antigua vida que estaba tornándose estresante, pero poco a poco el ciclo se repite, me metí en cosas que ya no solía hacer, adquirí nuevas angustias, para mi alivio de nuevo las he dejado pasar… Quizás el único punto en donde cesa el ciclo homocentrista es la muerte, primero individual, después de la raza, la extinción humana o la destrucción del planeta, el silencio, la ausencia, la soledad, lo que está ya más allá de lo negro.

Viviendo solamente por vivir, hablar por hablar con fulanito o menganito pareciera ser la única liberación; la pérdida de interés real en alcanzar metas o de siquiera pensar que en realidad vale la pena hacerlo, cuando ya se sabe que nada vale nada, son síntomas de estar alcanzando un punto sin retorno; o bien asimilas la suficiencia de lo sencillo y vives tranquilo, o bien el mundo y como son las cosas te pesan, te duelen y desmotivan, llevándote a la desesperación ante la incapacidad de cambiar a lo imposible; la poesía pudiese ser un escape, la música también, (a fin de cuentas, sin esa deseperación me rebajaría a hacer rock académico-técnico o una de esas abominaciones que buscan la perfección técnica en las artes y me alejaría de la intensidad de los pasajes sonoros del post-rock y atmósferas similares) pero sería como la válvula de escape ante un mundo que para nada te satisface, no por lo que tu puedas o no hacer a nivel personal (finalmente tu mundito puede ser felíz), sino por la aberrante y pesada realidad mundial que una vez notada, siempre estará ahí.

Y comienza el deterioro; en el momento en el que dejas de valorarte como individuo ejerces también la antinatura del autodeterioro; quizás tendrás sexo con cualquiera sin protección, o tal vez te drogarás fumando crack o metanfetamina cristal, quizás te enrolarás en un “fight club” o simplemente dejarás de trabajar, no escucharás a tus familiares más, querrás aislarte en un cuarto oscuro y esperar a que algo te suceda… patologías humanas; eso o la primera opción en la cual creo aún que es asimilar la suficiencia de lo sencillo y disfrutar de momentos.

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